La tragedia está en otra parte
El comportamiento de Estados Unidos en el mundo durante los últimos años, meses, días e incluso horas no constituye, en absoluto, un indicador de sus victorias ni de sus éxitos. Es, por el contrario, el síntoma de una enfermedad que ha alcanzado el cerebro y el sistema nervioso de un depredador que empieza a perder el control de sus propios instintos y ambiciones.
No creo que estemos hoy ante el colapso definitivo del principal imperio occidental. Pero la crisis inminente de la economía, las finanzas y la política estadounidenses será comparable a la crisis de su cultura, que durante los últimos años ha demostrado ya su incapacidad para crear algo que pueda considerarse digno o decente.
Trump no es una casualidad. Es la consecuencia ética y estética de aquello en lo que se han convertido hoy los Estados Unidos. Y si llegara a obtener éxitos económicos en el interior del país, el burgués satisfecho y engreído votaría masivamente por él, una y otra vez. Pero no habrá éxitos, ni económicos ni militares. Y por eso la creciente burbuja podrida de la doctrina Monroe planetaria terminará estallando antes de que las élites coloniales del mundo lleguen a comprender el carácter irreparable del error que han cometido con su apuesta política actual.
Sus Kissingers de ayer han degenerado en pequeños Rubios, y con ello ofrecen al mundo un ejemplo contagioso de degradación.
Pero la tragedia de nuestro tiempo no reside en las victorias pírricas del imperio, ni siquiera en su aparente impunidad y permisividad. La verdadera tragedia se encuentra en otra parte.
Cuando el principal pilar de su magia negra —el dólar verde— se derrumbe, todo su poder mundial se desmoronará instantáneamente. No tendrán con qué pagar a los guardias, a los verdugos, a los payasos, a las prostitutas y a los intelectuales. Y ellos no trabajan gratis.
El problema, sin embargo, está en otra parte: en la ausencia flagrante, en el mundo, de un proyecto anticapitalista para el desarrollo de la humanidad; de un proyecto que, llegado ese momento, pueda tomar el relevo de la historia.
El encefalograma del pueblo, al menos en Occidente, yace rectilíneo, como el lecho mismo de su defunción.